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Sed de Luna

  • 24 jul 2025
  • 1 min de lectura

Actualizado: 3 abr

Soy un mendigo de estrellas perdidas

que contempla desde el polvo terreno

cómo danzas entre nubes dormidas,

diosa de rostro sereno.

Tus ojos son constelaciones lejanas

que jamás iluminarán mi sendero,

mientras yo, mortal de manos humanas,

intento alcanzarte y muero.

Eres mármol esculpido por ángeles,

perfección que no conoce el dolor,

yo soy barro que se vuelve frágil

ante la inmensidad de tu esplendor.

Caminas sobre pétalos de aurora

sin tocar jamás el suelo que piso,

mientras mi alma se devora

esperando un imposible paraíso.

Tus labios hablan lenguajes divinos

que mis oídos mortales no entienden,

soy un eco perdido en tus caminos,

una sombra que tus luces no encienden.

Te escribo cartas con tinta de lágrimas

que el viento se lleva sin compasión,

palabras que se vuelven diagramas

de mi rota constelación.

Eres primavera eterna y dorada,

yo soy otoño que muere en silencio,

mi amor es lluvia no deseada

sobre tu jardín de ensueño.

Desde mi ventana de cristal empañado

te veo pasar como una visión,

ángel que nunca ha bajado

a este mundo de perdición.

Mis manos tiemblan al escribir tu nombre,

cada letra es una herida abierta,

soy apenas un mortal, un hombre

que ama tras una puerta.

Tu risa es música de esferas celestes

que no llegará jamás a mis oídos,

mientras yo tejo coronas silvestres

para sueños nunca cumplidos.

Acepto mi destino de adorarte

desde la distancia del mortal,

sabiendo que jamás podré tocarte,

diosa de belleza celestial.


 
 
 

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